miércoles, 13 de junio de 2018

Psicología, espiritualidad y resiliencia

¿Hay relación entre tener inteligencia espiritual, poseer creencias espirituales firmes y la resiliencia (capacidad de superar e incluso crecer tras crisis vitales, enfermedades o traumas psicológicos?
Es un tema apasionante, complejo y rico... En uno de mis Trabajos de Final de Máster he abordado la resiliencia y la espiritualidad, y me sorprendió la cantidad de investigaciones al respecto, especialmente en América del Sur, así como encontrar que hay cada vez más estudios que encuentran relación entre ambos conceptos. En mi trabajo lo abordé desde el punto de vista de una espiritualidad individual y autónoma, no necesariamente sujeta a una religión, sino referida a la capacidad individual de conectar con experiencias trascendentales, observar y experimentar la vida y las relaciones personales yendo más allá de lo físico, buscar y preguntarse sobre el significado y sentido vital... esté o no dentro de una religión concreta.
Os comparto algunos de los estudios que encontré al respecto, y que concluyen que la espiritualidad es un factor que puede aumentar la capacidad de las personas de afrontar eventos traumáticos o crisis, así como en general de ayudar a vivir la vida de forma que se sienta más significativa, serena y feliz. Lo interesante es que la inteligencia o capacidad espiritual puede desarrollarse, aprenderse y madurarse, a través de lecturas, prácticas meditativas, diálogos, prácticas como el silencio o la atención consciente, desarrollando el pensamiento filosófico, ético y metafísico... De este modo, encontramos que la espiritualidad es un recurso útil para mejorar la resiliencia, y además se trata de una capacidad entrenable, mejorable y susceptible de mejorar permanentemente.

ESTUDIOS ACERCA DE LA RELACIÓN ENTRE ESPIRITUALIDAD Y RESILIENCIA

No es un hecho aislado que, tras un gran trauma emocional, catástrofe o crisis profunda, muchas personas han encontrado en la espiritualidad consuelo y refugio para aumentar su capacidad resiliente, para salir adelante y superar el sufrimiento saliendo fortalecidos de ello.
Podemos empezar siguiendo a Salgado (2014), quien en sus estudios de revisión sobre el impacto de la religión, la religiosidad y la espiritualidad como factores protectores, se han encontrado correlaciones significativamente positivas entre el desarrollo de la espiritualidad y la medida de recuperación de enfermedad. También observaron una relación positiva entre el bienestar espiritual y el ajuste a situaciones de enfermedad, resultados ambos que apuntan a la espiritualidad como un recurso de afrontamiento de las enfermedades por parte de las personas que se enfrentan a crisis de salud. De hecho, en el estudio de Feher y Maly, mencionado en este trabajo de Salgado, se encontró que para un 91% de las pacientes con cáncer de mama estudiadas, su fe y creencias espirituales o religiosas les fueron útiles para afrontar la enfermedad y sostenerse emocionalmente durante la misma. Del mismo modo, se encontró relación entre el nivel de fortaleza emocional y el bienestar espiritual en una muestra de personas de la tercera edad, concluyendo que un nivel elevado de bienestar espiritual es útil para conseguir un buen ajuste ante los cambios propios de la vejez. Resumiendo, de entre las interesantes conclusiones de este trabajo, se extrae que la espiritualidad guarda relación con la resiliencia, siendo una fuente de fortaleza y esperanza, además de ser un recurso útil de apoyo emocional y social al mejorar la tolerancia frente a las enfermedades, facilitar la adaptación de las personas y favorecer el afrontamiento de la discapacidad asociada a las enfermedades crónicas.

En la misma línea están los resultados de los estudios de Díaz y Jerez (2013) acerca de la espiritualidad y el cáncer, concluyendo que existe diferencia entre pacientes que utilizan la espiritualidad como un recurso frente a quienes no lo hacen. Encontraron en los primeros una mejor calidad de vida, un afrontamiento mejor de la enfermedad, un mayor sentido de propósito y trascendencia, y en definitiva una transformación en la vivencia del proceso, haciéndolo más manejable y atenuando su impacto negativo.

Rodríguez Fernández (2016) destaca que la espiritualidad es un factor útil para trascender y superar el sufrimiento, así como para dotarlo de sentido. En su trabajo, analiza la experiencia de Viktor Frankl en campos de concentración nazis, como un ejemplo de superación de una situación altamente traumática a través de la trascendencia y el crecimiento espiritual. En su análisis destaca una serie de elementos que ayudaron a Frankl a superar y crecer a través de esa experiencia: la búsqueda de sentido, encontrar un sentido en el sufrimiento,  conectar y ejercer la libertad interior, desarrollar la vida interior como una manera de aislarse del sufrimiento y enriquecerse espiritualmente, la soledad consciente como un lugar de encuentro de la persona consigo misma, desarrollar el poder del amor hacia uno mismo y el mundo, atención al presente para comprender el sentido de cada momento y vivir fluyendo en el aquí y ahora, la consciencia de la belleza que nos rodea para ampliar horizontes del sufrimiento y aportar sentido vital, fomentar la autotrascendencia para ver más allá del dolor, de uno mismo y del mundo material, y la aceptación de la vida como es, sin luchar infructuosamente contra aquello que es imposible de cambiar.

En otros ámbitos, como el familiar, encontramos también conclusiones en la misma dirección, como por ejemplo en el estudio realizado por San Martín Barra (2013) referente a la espiritualidad y la resiliencia en situaciones de crisis familiares. La autora encontró que la espiritualidad y la resiliencia son factores que empoderan a la persona y la dotan de mayor facilidad para afrontar las crisis, poniendo de manifiesto la relación entre espiritualidad y resiliencia, y la utilidad de la espiritualidad como un recurso efectivo para afrontar mejor las crisis familiares, tanto durante las mismas, como tras ellas, destacando su factor sostenedor y protector frente a los impactos que suponen estas crisis.

Rosas de León  y Labarca Reverol (2016), llevaron a cabo un estudio acerca de la manera en que la espiritualidad es un factor resiliente para afrontar la cultura de violencia que viven los jóvenes de una Unidad Educativa en Maracaibo. En su trabajo, las autoras han dejado constancia de que la espiritualidad se convierte para aquellos jóvenes que la desarrollan en un recurso eficaz de afrontamiento de un ambiente sumamente desfavorable y violento. Han descubierto como la espiritualidad aumenta la resiliencia en los casos que han estudiado, pero no solo eso, sino que además ésta se convirtió en un factor que impulsaba a los jóvenes a evolucionar, a resolver los conflictos de manera más proactiva, a renunciar en mayor medida al uso de la violencia y a sobrellevar el ambiente violento con una mayor sensación de esperanza y motivación de cara al futuro.

Canaval, González y Sánchez (2007), estudiaron la relación entre el grado de espiritualidad y resiliencia de las mujeres maltratadas y acerca de cómo se relacionan estas variables, y sus resultados demostraron una relación positiva y significativa entre ambos factores, concluyendo que espiritualidad y resiliencia son diferentes, pero están relacionadas.

Resultados similares encuentra Ros Romero (2017) en su trabajo de análisis de la implicación de la espiritualidad en la resiliencia de pacientes oncológicos. En su estudio, concluye que la espiritualidad y la resiliencia correlacionan positivamente entre sí. Además, descubrió que la espiritualidad correlaciona también con una mejor calidad de vida, y con una menor intensidad de los síntomas que se relacionan con el cáncer. El autor afirma que la resiliencia se ha visto potenciada de manera determinante por la espiritualidad.

Martínez Martí (2006), en su estudio científico sobre las fortalezas trascendentes en el ser humano, destaca que la espiritualidad resulta un factor importante que influye positivamente en el bienestar personal, en la atribución de significado, en el propósito y en las relaciones de la persona con el mundo y con los demás. Asimismo, destaca su importante papel como guía en la vida, como fuente de evolución personal y como ayuda para superar momentos complicados.

En resumen, muchos de los autores mencionados, tras constatar la relación entre factores, concluyan que la espiritualidad es un recurso o herramienta a tener en cuenta de cara a mejorar las estrategias de afrontamiento de las personas, su resiliencia y su bienestar personal. Está claro que el hecho de tener un desarrollado sentimiento espiritual y trascendente, un sentido de propósito y de significado, ayuda a las personas a convertir una situación de crisis o un evento traumático en una ocasión de crecimiento, evitando reacciones de huida, derrumbamiento  emocional o parálisis vital. 


Marta Rodríguez Álvarez
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LUGO
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